José del Muro
ESCRITOR

En pocas palabras...


Escribo novela negra, thriller histórico y narrativa literaria con la misma voz, porque creo que la voz es lo único que un escritor posee de verdad. Todo lo demás, el género, el escenario, son el territorio. La voz es quien lo habita
Creo historias que no buscan el ruido fácil sino el poso que queda cuando se cierra el libro. Novelas de personajes reales en situaciones imposibles, de personas que eligen sabiendo lo que pueden perder al elegir. Literatura que usa la tensión narrativa sin sacrificar la profundidad, que construye atmósferas habitables. Me interesa la ambigüedad moral, los seres que sirven a sistemas en los que han dejado de creer, el amor que persiste donde no debería ser posible. Construyo tramas con tensión real pero nunca a costa de la densidad humana que hace que una historia permanezca.
La atmósfera es para mí tan importante como la trama. Cada escenario debe poder habitarse, olerse, sentirse antes de entenderse. La prosa que busco es precisa sin ser fría, evocadora sin ser ornamental, capaz de sostener el ritmo de una escena de tensión y de detenerse en el detalle exacto que lo dice todo sin declararlo.
Mi territorio es el siglo XX europeo con sus fracturas morales y sus sombras largas, aunque lo que realmente me mueve no es la Historia sino las personas que la viven desde dentro, con sus miedos, sus contradicciones.

Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero...


contacto@jdelmuro.com


...primera linea de fuego.




     Como muestra..., un botón.


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En todas las mesas de tapa de mármol, se podían ver las tazas de porcelana blanca en compadreo con los vasos chatos, de cristal traslúcido, en que reposaba el vodka.
Parejas de novios se cogían de las manos con las sillas bien juntas y las miradas más juntas aún, mirándose fijamente a los ojos casi sin parpadear, como si en un despiste de la mirada, en un parpadeo, en un instante, la persona querida pudiera desaparecer de repente. [...] En medio de aquella confusión de almas, sentada sola en una mesa, junto a un ventanuco que da a una callejuela lateral, una mujer da vueltas distraídamente al té que tiene servido en una taza ancha, haciendo girar despacio la cucharilla que resbala por las paredes de porcelana. Su mirada está fija en su propia memoria, en su propio pasado, en su presente, ese que le ha llevado hasta esa mesa, hasta ese momento en que da vueltas interminables al té, a la par que da vueltas interminables a sus pensamientos, que chispean en sus ojos, zigzagueando entre los puntitos pardos que salpican el verdín de su iris. 
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                                                                   (Fragmento de "El anillo de Uriel" )




     « Paseaba una noche de entre semana, por una calle de Atenas, cuando me abordó un tipo simpático, apuntando canas y vestido de traje y corbata, que me sugirió el tomar una copa en un lugar estupendo, según él. A mis veinte y pocos años, me había recorrido medio mundo y era consciente del tipo de lugar al que me invitaba a acudir. Acepté. Mi curiosidad me ha llevado siempre a mirar en todos los rincones, aunque tuvieran telarañas.
Con esta disposición, seguí al individuo hasta un portal. Ascendimos por una escalera, que más parecía el decorado de una película de terror gótico, hasta llegar a lo que recuerdo era semejante a una cueva de paredes desconchadas con una pequeña barra, con sofás sin respaldos, como los de las antiguas boîtes setenteras. Un decorado berlanguiano en que cuatro fulanitas de tal, sin nada en ellas que merezca un recuerdo exacto, bailaban solas de puro aburrimiento. Y tras la barra mustia, un camarero jorobado (lo juro), un Quasimodo del alterne, siendo yo el único cliente. Lo esperpéntico del momento y el lugar, no me amedrentó, sino que. al contrario, me inspiró, pues era de una sordidez cándida. Enseguida se me acercó una chica que nada tenía que ver con el cuadro al que pertenecía. Una inglesita joven, de pelo largo, rubio. De formas menudas y semblante agradable. Era una rosa inglesa, en un campo de cardos. No recuerdo su nombre , pero sí su mirada lánguida y ensoñadora, Un encanto. Fue como tomar una copa con una ami.ga, sin que mediase proposición alguna, salvo la de pagarle un par de copas. Era difícil, viéndola, imaginarla ejerciendo su oficio con cualquier gañan insensible y tosco. Quizás fuera más fácil entender el sabor de boca que le quedase tras ese encuentro oscuro y no deseado. Quisiera haber visto tras su iris azulino su alma, las heridas en esta. Pero no. Preferí recrearme en ella misma, , creando un espacio aparte para nosotros en ese rato, sacándola de allí en la alfombra voladora de nuestra conversación. Creo que ella lo agradeció. Lo decían sus ojos, su sonrisa, sin imaginar que escribiría sobre ella más de treinta años después. Yo tampoco.  
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                                                                    ( "El café de las horas" Relato. )